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La revista on-line dE estudiantes, licenciados y profesores de la facultad de Filología Hispánica de Poznañ


 

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OCULI LIQUIDI. Lágrimas de muerte viva

 

 

 José Miguel Barajas García

Universidad Veracruzana de México

©2006

 

5 Ahau: Ahogados serán

 los que escupen el pan,

los que escupen el agua.

El libro de los libros de Chilam Balam

 

Sabios serán por siempre los pueblos que veneraron el agua. Aquellos que como el Quiché advirtieron en el sagrado líquido el ansiado origen[1], que como el milesio Tales conocieron en él de todas las cosas el umbral[2], la fluidez de la naturaleza esquiva que a entender de Heráclito, el Oscuro, constantemente gustaría de ocultarse[3]; quienes distinguieron de una vez entre las aguas celestes, tormenta o lluvia dulce, padre e hija de la lluvia, el agua constante de ríos y lagos[4]; aquellos que padecieron y sin embargo superaron el diluvio universal, comprendieron todos, además, que en el principio creador habría siempre una llamada al caos: una creación y una destrucción[5]. Desde que el tiempo cuenta los segundos de la existencia humana, nacer y morir es, para la eternidad, un constante fluir como el del Aqueronte, por la humilde razón de que nada está destinado a permanecer estático: homo, qui aqua es et in aquam reverteris.[6]

 

Asimilación, destrucción de los acuíferos

Asimilado como el trascendentalista a la tierra, hijo de ésta, el indígena –el que es propio del paisaje en que él y sus antepasados nacieron - ha peleado desde que la sed lo apremia por defender su agua. Nadie sabe la sed con que éste bebe. Cuando cava un pozo, cuando cierra otro, cuando riega sus frutos, cuando aprende del cielo que barrunta lluvia, todo entre sus ojos y el agua es una relación cósmica. Sólo valora aquel que ha padecido. Innumerables son las veces en las que el foráneo, en contraste, cualquiera que sea su origen, quiere sobreexplotar lo que no conoce. No pide agua para beber, arrebatado por la codicia, su sed es de otro tipo, su trabajo persigue otros fine

 

Destrucción

Humano como todo lo que a civilización huele, el trabajo, desde el Paleolítico, transformó la Naturaleza en todas las épocas de la historia del hombre. De este binomio irresoluble, emanaría la premisa de que la historia de la cultura es también la historia de la permanente transformación de la naturaleza.[7]El impacto de este (des)hacer, no obstante, nunca fue tan dramático ni tan hostil como el día de hoy, dos siglos después del surgimiento del industrialismo. Una trágica noche, a pesar de sin mayores consecuencias coexistir Hombre y Natura, el agua, junto con los tres elementos primigenios restantes, fue expulsada de la vida espiritual. Se evaporó, de tal suerte, el respeto por lo natural: llovió, como ácido en el campo, el desarrollo antinatura de la vida moderna. ¿Acaso una mañana el ser humano tuvo la “fantástica revelación” de poder explotar su reino hasta sobrepasar sus límites? ¿Es posible que tanta estupidez concurra de un solo golpe?

 

Antes del vapor de máquina, la Conquista del reino natural ocupaba ya el trono de las quimeras humanas. El hombre que el maíz domesticó, que apaciguó lagos, que derramó e hizo crecer fruto sobre las aguas, que vivió en sus superficies, el hombre de Mesoamérica, por ejemplo, padeció la batalla eterna de la especie cuando encaró la intromisión española[8]. La violencia no respetó canales, ni chinampas. El europeo, acostumbrado a su paisaje, destruyó el mexica y sobre el fango de las ruinas del Templo Mayor edificó las de la Ciudad de México. Grandes fueron las inundaciones que la capital de la Nueva España sufrió durante el siglo XVII[9]: corrieron las premonitorias aguas de la catástrofe actual. Allí donde alguna vez agua predominó, hoy escasea, o su exceso, ahoga. La muerte hídrica en la superficie asfáltica flota: por agua, la guerra en el Valle de México, parece inevitable.[10]

 

Páramo actual, bocas secas

Poca es el agua dulce del mundo. Números y palabras no traducen al intelecto humano –“medida de todas las cosas”– la reducida cantidad de agua que se dispone  para vivir. ¿Menos de la mitad del uno por ciento de toda el agua de la Tierra? Quien posea entendimiento que actué. Menos de un uno por ciento, no poco en realidad. ¿Suficiente? siempre que la estupidez humana no rebase los límites de la naturaleza.

 

Justa es el agua que se tiene, enorme el derroche que no conoce de ataduras. No hay lugar en el orbe que no viva bajo el temor de la escasez, del mortal exceso, de la pelea por, de la contaminación sin límites. Mientras avalado por el Consenso de Washington el homo economicus del primer mundo despilfarra agua, África muere de sed. Canadá posee Los Grandes Lagos, sí, contaminados todos en su mayoría. El gran Ogallala, milenario acuífero norteamericano, agoniza por su explotación excesiva, por su contaminación permanente. La urbanización, el galopante crecimiento de la mancha asfáltica, altera de manera atroz el ciclo natural del agua: lluvia que en el cemento cae, gota que se evapora sin ser aprovechada por el subsuelo, agua que se escapa a las alcantarillas, que muere en el mar y que eleva lenta, pero peligrosamente, el nivel de los océanos. La deforestación excesiva, vía abierta a las grandes inundaciones, rechazo total a futuras lluvias, aniquilación de especies, condena mortal de los humedales, la preponderancia de la industria sobre el ambiente, los desechos tóxicos de la atmósfera, las lluvias ácidas, los ríos que ya no llegan al mar, las monumentales presas, maravillas del genio humano: tumbas faraónicas de ríos y ecosistemas enteros, la petrolización del agua, el crudo sobre la vida, todos ellos son signos de destrucción industrial. Mientras más avanza el progreso, menos espacio queda para la gota que agoniza, para la vida natural. Cada vez será menos el agua aprovechable, el agua disponible.[11] Cada vez habrá más hombres, propagándose cual virus mortal. Serán demasiados, pero no por mucho tiempo. Giovanni Sartori[12] vislumbra al hombre moderno como un malestar que la tierra no podrá soportar más. Cuanto más haya bocas, menos habrá espacio, menos habrá comida, menos alcanzará el agua, mayores serán las necesidades. Que ahí no se presuma un pensamiento milenarista, el Apocalipsis no es divino: el hombre mismo alimenta a la bestia que un día lo devorará.

 

Cuando China crece desmesuradamente, su progreso industrial engulle a pasos agigantados su agricultura, contamina sus acuíferos. El día que el arroz falte, el huracán del caos económico, como la mariposa, sacudirá el mundo entero. Y caos económico, para quien no gusta de tecnicismos, se traduce en hambre y sed, y éstas dos, en muerte. 

 

¿Reacciones? Un hecho es que el agua faltará, fuera toda posibilidad de pensamiento alarmista. La población aumenta, la tierra arde cada vez más como un horno. ¿Qué se está haciendo para revertirlo? A río revuelto ganancia de pescadores. El mercado, la gran industria, torpe, como si ignorara que algún día la fábrica terminará por explotar, vende al por mayor lo que todavía sobrevive: endeuda en beneficio de un presente efímero el futuro de la especie. Las grandes trasnacionales, bajo el discurso del desarrollo sostenible, de la buena voluntad de los Foros Mundiales del Agua para “solucionar” el problema, lanzan un debate que en sus inicios buscó establecer de una buena vez quién vendía qué y a cuánto. Ante ello, las conciencias despiertas, como el italiano Petrella,[13] los canadienses Barlow y Clarke, junto con miles de activistas y ecologistas del mundo, se manifestaron y opusieron irrevocablemente ante el maquiavélico designio del agua como necesidad, el imperativo del agua como derecho humano universal. El agua, según Petrella, es un bien común, no tiene dueño, de ahí que por su condición de huérfana, el mercado la quiera acoger y “sabiamente distribuir”. Una necesidad se cubre con dinero, que lo pague quien lo posea, que lo trabaje quien lo carezca; un derecho, sin embargo, corresponde a la humanidad satisfacerlo y protegerlo. ¿Agua que no has de beber, déjamela vender? Obligatorio será esclarecer la situación del agua. Participo de la idea de Petrella al concebir el agua como un bien común sobre el cual hay que legalizar y dejar en claro un derecho a la vida, mediante el agua. Pese a esto, considero todavía de mayor importancia el debate, pero sobre todo la acción por el agua en sí, en tanto materia y no concepto. Lejos de su distribución o pertenencia, el agua como líquido vital, como entorno, como hogar, como lugar común de todos los hombres, debe ser abordada no sólo en lo teórico o en las grandes elites. ¿Qué pasa con la fuga del fregadero? ¿Con la que corre por la coladera mientras la caliente sale? ¿O la que huye vertiginosamente mientras los dientes reciben su aseo matinal? Poca cosa, dirán algunos, gran cosa digo yo, cuando la gota forma el conjunto. Cuando el río que atraviesa la ciudad lleva plásticos y latas, que nos preguntamos de dónde salen, pero que tiramos a la calle sin el menor reparo. Ahí también hay un debate y una labor colosal que corresponde al ciudadano de a pie. Todos tendremos sed, sin lugar a dudas, pero pocos estaremos haciendo lo indicado para saciarla sin dañar al otro. Aún así, nadie se resignará a morir. ¿Por qué?

 

Ojos líquidos. Lágrimas de muerte viva

Gilgamesh, la más antigua de las angustias contada por la literatura, resuena en los caminos del hombre moderno que se ha dejado llevar por la ansiedad.  ¿Qué haría éste hombre al llegar a las aguas de la muerte? ¿Atravesaría el mar, cruzaría el desierto? ¿Buscaría, acaso, un Urshanabí? O como en el Inmortal en Borges, ¿Perseguiría el río cuyas aguas dan la inmortalidad? Si es así, sabrá entonces que en alguna región habrá otro cuyas aguas la borren… ¿Querrá vivir eternamente, o como el anciano en Saramago, no reclamará agua y pedirá la muerte? Aquí no habrá un diosero como en Rojas González que calme la tempestad, ni tampoco que sea capaz de provocar la lluvia. ¿A dónde irá que no lo alcance la muerte? ¿Entonces? ¿Entonces…?

 

La historia del hombre, para Marcuse, es la historia de su represión. El infatigable instinto de autopreservación, esa lucha por la existencia, batalla desde los orígenes primeros, contra el terror hacia la muerte. La civilización como la concebimos es antes que nada progreso en el trabajo, y es justamente a través del trabajo, para Bataille, que el hombre conoció la muerte.

 

El agua, como se menciona en la apertura de este ensayo, también es muerte: espejo y tumba de Narciso, Caronte de las almas viajeras[14]. Pero ante este designio natural, el hombre moderno no quiere morir. Para salvarse, no le importa si va contra natura. Inventa “fármacos milagrosos”, paliativos que ante los ojos de los filósofos romanos en Borges no hacen más que “dilatar en el hombre su agonía y multiplicar el número de sus muertes”. El progreso, el trabajo en el hombre, desde que Gilgamesh se sublevó a la naturaleza, es una aspiración a la inmortalidad, carrera a una angustia intolerable que termina por precipitar al ser humano, en Tánatos, de manera vertiginosa. El calentamiento global, la crisis del agua, el agujero de la capa de ozono, son  precios que tiene que cubrir el hombre que a la muerte intenta engañar sobreexplotando el mundo, escupiendo su pan, escupiendo su agua. Lo que se ha logrado en pos de la inmortalidad es aplazar a futuro el malestar postergado de la civilización: las hecatombes globales.

 

Las tumbas primitivas son muestra clara de ese temor a la muerte, “enemigo” infatigable de la vida. Empero la infructuosa huida humana de Tánatos –el animal no vive angustiado por la idea de morir-, la vida es tributaria de la muerte: simple ardid ofrecido al equilibrio, no deja de atraer hacia sí la explosión.

 

La riqueza industrial de la que disfruta el mundo actual es el resultado del trabajo milenario de las masas sojuzgadas sobre la Naturaleza, del golpeo, gota a gota, de la desdichada multitud formada, desde los tiempos del Neolítico, por los esclavos y los trabajadores.

 

Racionalidad ambiental

Conciente de su muerte como parte del proceso vital, el hombre moderno debe perseguir ese  “retorno a la naturaleza” diferente de la trasgresión que levanta la prohibición sin suprimirla.[15]Ante la cortina de humo que el desarrollo sostenible representa para Enrique Leef, la vía factible a una reapropiación de lo natural estaría en un respeto por la política de la diferencia. Aquello que los foros pregonan como retórica vacua, “soluciones locales para un problema global”, rescataría la relación que tiene el natural de un paisaje, como viejo conocedor de su entorno, e impulsaría una solución real ante caos climático.

 

No más presas donde no son necesarias (habría que analizar y definir claramente lo que necesario significa en estos casos), no más ataque al agua, basta de escupir, que si bien la muerte es inevitable, el dolor se padece en vida.

 

Frente a un mundo dominado por la economía, por el mercado que, libre de una visión maniquea, todo lo consume, el rescate de un mundo durable es posible en la medida en que las soluciones locales converjan en un programa global. Cerrar bien la llave e impulsar un manifiesto del agua. ¿Qué las multinacionales inviertan en nuestros mantos acuíferos? Tal vez, pero que el estado no de todo a manos llenas. Sin temor a caer en la quimera de Bookchin[16], la geopolítica debe comprender que como en el caso de la muerte, todos los seres tendremos sed, y corresponderá a una racionalidad ambiental, suma de racionalidades teóricas, sustantivas, materiales, instrumentales y culturales, la titánica tarea de reestablecer el orden roto, donde los que tengan que morir mueran, y los que nazcan, puedan vivir.

 

 



[1] No había nada que estuviera en pie; sólo el agua en reposo, el mar apacible, solo y tranquilo.

Popol Vuh

[2] La tierra flota sobre el agua, que es, en cierto modo, la fuente de todas las cosas.

[3] Nada hay en el mundo que tenga permanencia. Todo es fluyente, y huidiza toda figura.

[4] Claude Levi-Strauss; Mitológicas, Lo crudo y lo cocido, FCE, México, 1968.

[5] Gernot y Harmut Böhme; Fuego, Agua, Tierra, Aire. Una historia cultural de los elementos, Barcelona, 1998.

[6] Hombre, que agua eres y al agua volverás.

[7] Gernot y Harmut Böhme: “…no se puede seguir entendiendo la historia de la humanidad únicamente como una emancipación respecto al estado natural, sino también como una permanente transformación de la propia Naturaleza. Con lo que se hace obsoleto el antiguo antagonismo de Naturaleza y cultura.”

[8] Guillermo Bonfil Batalla; México Profundo, una civilización negada, Grijalbo, México, 1994.

[9] Richard Everett Boyer; La gran inundación, vida y sociedad en la ciudad de México (1629-1638),SEP/SETENTAS, México, 1975.

[10] “El drama del Valle de México” en Agua, edición especial,  La Jornada, México, 2005.

[11] Maude Barlow y Tony Clarke; Oro azul, las multinacionales y el robo organizado del agua en el mundo; PAIDÓS, Barcelona, 2004.

[12] Giovanni Sartori y Gianni Mazzoleni: La tierra explota, superpoblación y desarrollo, Taurus, México, 2003.

[13] Riccardo Petrella;  El manifiesto del agua, Ítaca, Barcelona, 2002.

[14] Gaston Bachelard; El agua y los sueños, FCE, México, 1978.

[15] Georges Bataille; El erotismo, Tusquets, Barcelona, 2002.

[16] Bookchin busca construir una sociedad ecológica inscribiendo la razón dialéctica en una base ontológica sólida: en la organización ecológica de la naturaleza. La degradación ecológica tendría sus orígenes en la dominación del hombre por el hombre, así como en la dominación del hombre sobre la naturaleza, y rastrearía los momentos históricos en que se establecieron estas jerarquías y formas de dominación en las desigualdades de clases y de género ¿La construcción de una sociedad ecológica?

¿Liberar a la humanidad de sus cadenas preecológicas? Para Bookchin la moral natural vendría a unificar a la raza humana en una nueva empresa (r)evolucionaria.