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Día de Muertos: La celebración mexicana

 

José Miguel Barajas García

Universidad Veracruzana de México

©2005

 

Aunque sea de jade se quiebra,
Aunque sea de oro se rompe,
Aunque sea plumaje de quetzal se desgarra.
No para siempre en la tierra:
Sólo un poco aquí.

Nezahualcóyotl[1]

 

  Nada es para siempre, versará resignado el canto del rey-poeta. Para el señor de Texcoco[2], morir resultará irremediable. “Para morirse sólo hay que estar vivo”, dictaminará concluyente la sabiduría popular. La muerte será hermana de la vida. Ésta, conllevará a la otra. “Polvo eres y al polvo volverás”, rezará sabiamente el Génesis. Morir será retornar, nacer de nuevo. Morir será, todavía más, reintegrarnos a la esencia de donde venimos. También los habrá fatalistas: “la muerte dura toda la vida y termina cuando llega.” Octavio Paz se manifestaría alguna vez sobre la muerte: “dime cómo mueres y te diré quién eres”. Dicho de otro modo “según hayas vivido morirás”. No obstante, toda conciencia de muerte aflorará regida por la experiencia ajena. Nadie puede morir para contarla. Fuera de toda elocuencia, morir será nuestro desenlace ineludible. Lo único que nunca muere es la muerte. Y es que la calavera, insalvable,  nos persigue desde que nacemos.

Afirmaba Juan Rulfo que en literatura no existían más que tres temas básicos: el amor, la vida y la muerte. Así pues, todo lo que pudiera abordarse ya habría sido abordado, desde Virgilio o los chinos. Sin embargo ―continuaba―, lo importante sería el tratamiento que se hiciera del tema, decir las cosas de otro modo, hallar el fundamento de la forma. De tal suerte, en la vida, la muerte, desde los egipcios hasta nuestros días, pasando nuevamente por los chinos, ha sido percibida de muy diversas maneras. La antigüedad siempre rindió un culto especial a sus difuntos. En el mundo prehispánico, el de los aztecas en particular, la muerte era una deidad: Mictlantecuhtli, señor del Mictlán[3].  Para los guerreros mexicas morir en batalla representaba una distinción, y ser sacrificado en honor a los dioses era motivo de un orgullo descomunal. Sabían que alimentando al sol, contribuirían a resguardar el equilibrio universal. [4]

 

Pueblo de una tradición fuertemente arraigada, los aztecas vieron en los españoles el regreso prometido de Quetzalcóatl[5]. Esta interpretación de la profecía facilitó en gran medida la conquista de Tenochtitlán, si no, resulta inverosímil tal hazaña militar. La muerte azteca se mezcló con la cristiana, se hizo mestiza, y con el pasar de los siglos, se consolidaría cada vez más “mexicana”. Cierto es que no sólo somos un pueblo de raíces indígenas y españolas. También presentamos sustratos africanos que resaltan de modo considerable en nuestra forma de ser, de vivir y de morir. 

 

Hoy en día nuestra muerte no ha cambiado mucho. Se muere de hambre, de guerras, de enfermedades, de amor, de vejez o de dolor. También se muere de tristeza y de nostalgia, la cuál debe ser una muerte muy atormentada. Cada día alguien muere, así como alguien está naciendo en este instante. Esto no es nuevo, tampoco sorprendente. La sorpresa llega cuando el muerto tiene nombre y sentido para nosotros. Cuando es un tío, un hermano, un hijo, un padre, un abuelo o un amigo. Muchas veces se piensa que la muerte no lastima al mexicano, que éste, insolente, se burla de aquélla. Esta creencia, sin duda, está basada en otra que nos muestra como seres alegres ante el luto. Nuestro duelo es colorido, no se viste de negro, pues, como lo vería Juan de Dios Peza, llora a carcajadas. Y no es que el mexicano se jacte de convivir con la muerte. Simplemente, le sonríe porque sabe que no le queda de otra. Para ejemplo, nuestra “fiesta de día de muertos”. 

 

En la huasteca[6] recibe el nombre de Xantolo. Cada dos de noviembre son reconocidas por sus coloridos altares las celebraciones de Tláhuac, Xochimilco y Mixquic, cerca de la ciudad de México, así como las de la isla de Janitzio en el lago de Pátzcuaro, estado de Michoacán, las del Istmo de Tehuantepec en Oaxaca o las Cuetzalán en el estado de Puebla. En todas ellas, como a lo largo y ancho del país, no pueden  faltar el retrato del difunto ni la flor de Cempasúchil o flor de muertos, cuyo color entre amarillo y naranja, invita más a una celebración carnavalesca que a una ceremonia fúnebre. Tampoco se puede prescindir del pan de muertos, especie de figura humana a base de trigo, cocida y decorada que sirve de alimento para vivos y difuntos. Acompañan este cromático altar, además, calaveritas de azúcar, papel picado que reproduce figuras de la calaca (nombre con que también se le conoce a la muerte entre otros como la huesuda, la parca, la pelona)  dulces en almíbar, chocolate caliente, tamales[7], frutas, rompope, bebidas embriagantes, llámese tequila, pulque, mezcal[8] o aguardiente de caña, un plato de fríjoles charros o platillos que eran del gusto del familiar recordado. Todo permanece muy propio, alumbrado a la luz de veladoras que, junto con la flor de cempasúchil,  en ocasiones indican a los muertos el camino a seguir desde la tumba al altar, y del altar al paladar, pues se piensa que, al menos por ese día, las ánimas regresan para convivir con los suyos y disfrutar de los placeres que gozaban en vida. Tal vez en esto radique la particularidad de la fiesta mexicana, que más que rezo es banquete.

Paralela a esta celebración existen otras manifestaciones de festividad ante la muerte. Las famosas “calaveras”, especie de poesía satírica cuyo tema central es el engaño a la muerte, son ejemplos claros de esa naturalidad con que se trata el luto humano, aunque no falta quien prefiere ver al enemigo muerto y lo pone en manos de la flaca, lo cual da pie a un juego verbal en donde sólo el audaz sale victorioso.  La muerte también es motivo de arte y artesanía. Los grabados de Posada expresan claramente esta idea en la que la muerte es un tema de inspiración artística. Se presenta a la catrina en escenas cotidianas, ya sea en el parque, en la plaza pública, en una boda, en la iglesia o en la feria del pueblo. Igualmente cada año son innumerables las reproducciones que se hacen de la osamenta, ya sea como figura de barro o en metal, estampado en camisa o en taza para café. Y es que la tradición no escapa a la modernidad, al contrario, se nutre de ella, como toda festividad que está destinada a permanecer, o se renueva o perece. Aquí es donde resulta pertinente mencionar su vigencia a pesar de la fiebre por el halloween  yanqui.

 

En suma, la manera mexicana persiste con su aroma a flor de campo y a chocolate caliente. Perdura a través de las generaciones y se fortalece día con día del entusiasmo colectivo. Y es que para el mexicano, su día de muertos  es único. Nace de la memoria de un dolor y se instala y desenvuelve como motivo  de alegrías y sonrisas. Aunque sea por una sola vez al año, es una satisfacción que permanece en el recuerdo de una vida.

 



[1] Nezahualcóyotl (1402-1472) Soberano chichimeca, señor de Texcoco. Compuso numerosos cantos y poemas en los que plantea profundos problemas filosóficos.

[2] Antigua ciudad del Valle de México habitada por otomíes en sus inicios, posteriormente por chichimecas. Asumió un papel importante al formar la llamada Triple Alianza junto con los reinos de Tacaba y Tenochtitlán.

[3] El Mictlán era el equivalente del inframundo para los aztecas, una suerte de Hades.

[4] Según la creencia Azteca el sol necesitaba de sangre para poder subsistir. El día que ésta le faltare, dejaría de seguir su marcha provocando el fin del mundo. Por esta razón los mexicas se sentían obligados a alimentar al sol, de ahí que vivieran en constantes batallas para capturar enemigos y ofrecerlos en sacrificio.

[5] El mito de Quetzalcóatl (serpiente emplumada) hablaba de un ser blanco, barbado, que llegado de donde sale el sol enseñó a los pueblos prehispánicos a cultivar el maíz y a vivir en armonía. Partió en una nave de vuelta su tierra prometiendo algún día su regreso. Fue conocido como Kukulcán para los mayas.

[6] Región cultural que comprende el espacio convergente de los estados de Hidalgo, Veracruz, San Luís Potosí y Tamaulipas.

[7] El tamal es un alimento típico mexicano cuyos orígenes se remontan al mundo indígena, elaborado a base de maíz cocido, acompañado con alguna carne, generalmente de pollo de cerdo, aderezado con alguna salsa, verde o roja y envuelto regularmente en hojas de maíz o de plátano.

[8] Bebidas alcohólicas elaboradas a base del fermento del agave azul.